El ligamento cruzado posterior (LCP) es una banda de tejido resistente y elástica que une la tibia y el fémur. Es más resistente que el ligamento cruzado anterior (LCA). El LCP evita que el fémur se deslice hacia fuera del borde anterior de la tibia y que la tibia se desplace hacia atrás con respecto al fémur. Junto con el LCA, forma la articulación de la rodilla.
Los ligamentos cruzados de la rodilla nos permiten llevar una vida activa. Soportan actividades físicas como saltar, nadar o correr. Desgraciadamente, junto con los tejidos blandos circundantes, pueden lesionarse fácilmente durante las actividades cotidianas. Muy a menudo, junto con el LCP, se producen roturas en otros ligamentos y en el menisco.
El ligamento cruzado posterior (LCP) es susceptible de sufrir lesiones durante la hiperflexión, la hiperextensión y en un mecanismo conocido como «lesión por impacto contra el salpicadero». El LCP se encuentra en la parte profunda de la articulación de la rodilla y, debido a ello, fuerzas elevadas pueden provocarlo su rotura, como en los accidentes de tráfico, que representan el 50 % del total de lesiones aisladas del LCP. En esta lesión, la rodilla sufre un impacto en dirección posterior durante la flexión de la rodilla hacia el espacio situado por encima de la tibia.
Además, la lesión del LCP es frecuente en muchas disciplinas deportivas. Durante la práctica deportiva, el LCP también puede romperse cuando un deportista cae hacia delante y aterriza con fuerza sobre una rodilla flexionada, lo cual es habitual en el fútbol americano, el baloncesto, el fútbol y, especialmente, el rugby. Cualquier movimiento brusco de torsión o salto de la rodilla puede provocar una lesión ligamentaria.
Si sufres una lesión del LCP, puedes presentar uno de los tres tipos de esguinces, clasificados según un sistema de grados tradicional:
1. Grado I: solo desgarros microscópicos en el ligamento,
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